Muchos de vosotros sabréis que estos días, concretamente desde el 27 de junio hasta este próximo domingo, la ciudad de Almagro, en Ciudad Real, acoge la XXXI edición de su Festival de Teatro Clásico, un acto que, como periodista, me ha tocado cubrir, y en el que se dan cita numerosísimas compañías españolas y alguna que otra extranjera, como la japonesa Ksei Act o la rusa, la británica y la francesa dirigidas por Declan Donnellan.

Durante estos días, en Almagro se producen bastantes situaciones curiosas y llamativas. Y es que el Festival se ha convertido en un cita obligada y casi obligatoria para cualquier ciudadrealeño, que, aunque no pise un solo teatro durante todo el año, ha de ir al menos una o dos veces a Almagro para dejarse ver por ahí y ¿presumir? de haber estado.

Sin duda, lo que más gracia me hace de este mes en Almagro es comprobar cómo mucha (muchísima) gente se planta un vestido de noche para ir al teatro. Durante estos días vemos a gente que a diario y los fines de semana visten de forma más o menos sencilla pero que cuando van a Almagro se pintan como una puerta y se ponen sus mejores galas. La verdad es que, en cierto modo, el Festival fomenta este tipo de cosas por lo siguiente: como decía Antonio Machado, es de necios confundir valor con precio, pero, a día de hoy, son muchos los vendedores, instituciones o empresarios que le colocan un precio desorbitado a un producto para que creamos que su valor está a semejante altura. Algo así pasa en el Festival, donde, al margen de los conciertos y el teatro en los barrios, la entrada del resto de obras cuesta en torno a 20 euros (las más baratas), un precio que ni de broma es acorde al valor de la mayoría de las obras. Y es que, salvo honrosas excepciones, en Almagro se paga 20 euros por ver obras que el resto del año no llegan a los 10 euros de entrada en otros teatros. Pero claro, si a una obra de teatro le ponemos una entrada de 20 euros contribuimos a que la gente confunda valor y precio y se gaste una pasta, algo que también contribuye a que el teatro se convierta en un producto sólo apto para gente de gran nivel adquisitivo, como pasa, por ejemplo, con la ópera. Y claro, la gente va a la ópera con sus mejores galas y trajes de noche, así que en el teatro igual.

Hay otro hecho bastante divertido vinculado a las grandes galas que desfilan estos días por Almagro, y es el empeño de mucha gente en aparentar sofisticación. Una persona puede decir que no se lee un solo libro en todo el año, pero pobre de aquel que se atreva a admitir que no pisa Almagro en verano para ver alguna obra, ya que ése será mirado con los terribles ojos del que lo acusa de inculto aunque a él mismo la cultura le importe un rábano. Y esto de que a una persona le importe un rábano la cultura es total y perfectamente legítimo, pero lo de ir por la vida de algo que no se es está muy feo.

Es curioso también pararse en mitad de una obra y observar las caras de tus compañeros de butaca. Caras serias, metidas en la obra, disfrutando de la intensa dramaturgia vivida sobre las tablas... cara de gente culta, qué coño. A un servidor este hecho de que la gente vaya de cultureta por ir a una obra de teatro clásico le parece extremadamente divertido. Y es que es muy probable que la mayoría de la gente que va a Almagro no conozca el origen del teatro que están viendo: en la época clásica, ir al teatro no era propio de gente culta, ni muchísimo menos. El teatro estaba destinado al populacho (que nadie se me ofenda), que iba al teatro como quien va ahora al fútbol. Todo esto a lo largo de las cuatro y cinco horas que duraba la obra; y es que los textos clásicos son interminables, y en las versiones de hoy en día los directores meten la tijera a diestro y diniestro para que su representación no se vaya mucho más allá de las dos horas. La gente, como decimos, se pasaba en el teatro la tarde entera con su comida, su bebida y todo lo que se preciase. ¿Que algo le hacía gracia? Pues se reía sin complejos y a mandíbula totalmente abierta. ¿Que la obra le estaba aburriendo? Lo decía a voces. ¿Que algún aspecto de los diálogos llamaba, por lo que fuese, su atención? Interrumpía a los actores y soltaba lo primero que se le pasase por la cabeza. Por ello es gracioso observar que a día de hoy, en los teatros, si alguien se pone a comentar la obra a su compañero de silla, todos lo miramos con desprecio mientras condenamos enérgicamente que esta persona no sepa disfrutar de la cultura en silencio.

Como decíamos antes, el teatro tiene poco, muy poco, de erudito. El único (y no poco importante) rastro de erudición lo encontramos en sus autores. Los autores eran los mejores escritores de la época, que, al mismo tiempo que escribían los mejores poemas o las mejores novelas de la literatura española, escribían también obritas de teatro con personajes típicos (los enamorados que se enredan, los criados, los bufones...) para entretener al público y poco más. A día de hoy estas obras permanecen en nuestro canon cultural porque fueron escritas en verso y porque algunas de ellas (sólo algunas) escondían ácidas críticas sociales o enrevesados tratados filosóficos detrás de su estructura simple y entendible por todo el mundo. Precisamente porque en su momento fueron los más eruditos los que escribieron obras de teatro, a día de hoy el teatro se considera un hecho cultural y los mejores artistas y directores otorgan a este arte un halo de dificultad, oscurantismo y erudición intelectual.

Pero no olvidemos que el teatro se hizo para entretener a las amas de casa y al populacho. Por eso, en la época clásica sería imposible haber visto a un familiar de Sánchez Dragó en un teatro.

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