Es curioso ver cómo ciertas situaciones, a la vez que horrorizan a un determinado colectivo, alegran y benefician a otro que, en principio, debería ir en el mismo barco que el primero.

Es el caso de la llamada crisis. Una crisis que perjudica a los de siempre y beneficia, cómo no, también a los de siempre. Sin querer meterme con el sistema capitalista (algo que sería bastante pretencioso por mi parte), no es ningún secreto que al capitalismo le benefician -y mucho- situaciones como la que estamos viviendo actualmente. Al sistema siempre le han venido muy pero que muy bien las supuestas épocas de vacas flacas para deshacerse de algún que otro lastre, ganar más dinero y hacerlo aludiendo a unos argumentos y a unas excusas que les vienen de perlas.

Y es que despedir a unos pocos (o a unos muchos) trabajadores nunca ha estado del todo mal. Y más aún si nos escudamos en la crisis y esta excusa nos permite cargarnos a cuantos nos dé la gana sin que nadie pueda echarnos nada en cara. Podrán pensar que con menos trabajadores los resultados de producción serían menores; sin embargo, queridos lectores, piensen cuántas veces su empresa ha sufrido recorte de personal. Alguna que otra, ¿verdad? ¿Y qué ha pasado? ¿Se ha venido abajo la producción? ¿La empresa ha ido a pique? Ni muchísimo menos: todos sabemos que una disminución más o menos moderada en el número de empleados no afecta casi nada a la productividad de la empresa; es cuestión de semanas que los trabajadores se acostumbren a trabajar un poco más rápido para que la empresa sea igual de productiva que cuando había más compañeros a bordo.

A veces lo de las empresas es de traca. Y es que son las primeras que se apuntan a ese extraño binomio del 'triunfo individual-fracaso compartido': si gano, gano yo, pero si pierdo, perdemos todos. Esto se traduce en que si una empresa obtiene unos innumerables beneficios, éstos se quedarán en casa; sin embargo, si la empresa deja de ganar un poquito, le pedirá al Gobierno de turno que le eche una mano, como está pasando a día de hoy (no sólo en España, sino en todo el mundo). Esto de pedirle a tu Gobierno que te eche una mano no es del todo ilícito, ya que una de las tareas del Ejecutivo es cuidar la buena salud de la empresa privada. El problema viene cuando las empresas no piden ayuda, sino que la exigen. Ante las llamadas situaciones de crisis, las empresas alzan sus voces para criticar al Gobierno por no "estar a nuestro lado" en esos momentos difíciles. Lo peor de todo no es que el Gobierno acabe cediendo, sino que las empresas no invierten ni un solo duro de ese dinero público en evitar despidos ni rebajas de sueldo, sino en recuperar esos pocos millones que habían perdido.

Pero si lo de las empresas es de traca, lo del los gobiernos es de traca y media. Todos estamos viendo estos días cómo los Ayuntamientos, las Comunidades Autónomas e incluso el propio Gobierno central están anunciando que los presupuestos de 2009 serán "austeros", que es una forma eufemística de decir que se van a reducir que te cagas. De modo que, en momentos de la llamada crisis, resulta que el que más tiene que arrimar el hombro es el que menos lo arrima. Además, con unas formas mediante las que las distintas administraciones nos van avisando de que para 2009 nos vayamos olvidando de pedir, que no va a haber un duro para nada.

Pero no sólo hay reducción de dinero, sino que algunos van incluso más allá. Como habréis visto en el enlace de antes, el Gobierno de Castilla-La Mancha ha reducido de 14 a 10 las consejerías "para afrontar la crisis". De modo que para 2009, en Castilla-La Mancha, por ejemplo, no sólo va a haber muchísimo menos dinero (que ya sabemos a manos de quién irá a parar), sino que también va a haber menos responsables políticos y administrativos, a muchos de los cuales se les ha multiplicado por dos o incluso por tres el trabajo de un día para otro. Y el caso de Castilla-La Mancha sólo ha sido el primero: veremos cuántos más tardan en caer.

Ante la crisis, ¿austeridad? No. Ante la crisis, incompetencia.

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